jueves, 26 de febrero de 2015

Blanco sobre lienzo.

Cada día se sentaba a pintar el cuadro más hermoso de su vida,
con el lienzo níveo y el blanco en pincel,
con que afloraban sus idealizadas pinturas,
donde todo día podía recomenzar,
sin alterar,
aquel lienzo del viejo mercado visitado siglo atrás.

Paulatinamente mejoró su técnica,
alcanzando y dejando atrás,
niveles en su expresividad,
ya no requería del pincel,
el lienzo se tornaba diminuto ante la inmensidad de la totalidad.

Pintaba desde la semilla interior,
abríase enraízadamente al entorno,
lo inmediato del instante que le rodeaba
hasta figurarse entre los entes visibles,
materia, cuerpos en movimiento,
también lo inamovible;
el ramaje iba abrazando luego auras,
pintando destellos de luz y oscuridad;
 alcanzó cielos, estrellas,
planetas, galaxias,
comprendía el Universo,
el Todo,
el Ser y la Verdad.

Llevó a extremos este oficio,
tornándose incomprensible la perfección,
ahora su Ser era todo pintura,
colores,
lienzo e idea,
era paisaje, belleza,
identidad, esencia.

Pasado un tiempo, al encontrar tal esplendor en el arte pintorezco, decidió aprender un nuevo oficio.

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