Se abrió un ojo
cerrando paredes de consciencia.
Un diente roto,
rodante hasta chocar
con el cádaver introvertido
que surge inadvertido
en su lecho de las aceras muertas.
Donde pasos confusos
conducen a la continuidad sin meta,
arrastrando el nauseabundo andar
en sus olores vacíos
que desbordan
al otro lado de la acera.
Donde pisa el rojo
tacón de la dama
que entrega mentiras
en verdades de labios
que no creen en nadie.
Otra esquina con huecos paralelos
en sonrisas fingidas
que no ocultan cicatrices,
de los brazos cortados
que jamás le sonríen,
cuando cruzan a lo lejos
miradas huidizas,
cortando la acera.
En el centro,
la mosca se posa
y la rata olvida
su pútrida materia.
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